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JUAN FORNIELES



Nació y vive en Buenos Aires.
Lic. en Marketing de profesión; cocinero y viajero de alma. Escribe para no olvidar, para seguir viajando aún estando de vuelta.

fornielesjuan@hotmail.com
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Juan Fornieles


"Aventuras motorizadas" - por Juan Fornieles -

(Nota sobre Pai, Tailandia)

Pai, pueblito al norte de Tailandia, ex capital de la ruta hippie hoy devenido en paraíso turístico para quienes gustan de la vida relajada y fumar ciertas cosas que son prohibidas, salvo en Holanda. Como todos estos pueblos de esta calaña, son muy recomendados por los viajeros, pero cuando se llega ahí en realidad no hay mucho para hacer más que creerse en Holanda y pasar el día vagueando.

Nosotros veníamos de 3 días viviendo en la jungla con actividades diarias; por ende veníamos cebados, léase, para nosotros vaguear era básicamente un embole. Así, y como para romper un poco la rutina decidimos alquilar unas motitos para ver de qué se trata la zona, explorarla un poco por nuestros medios. Así partimos, Jero mi amigo argentino y yo.

Encaramos para una zona de cascadas, selva y demás atractivos siguiendo el mapita turístico que nos habían dado. Apenas salidos del pueblito paramos un minuto a mirar el mapa; unos diez metros más adelante una muchacha claramente turista en una moto, lo ve a Jero y le pregunta a grito pelado: "halash kalesh halash kalesh halash kalesh (hebreo)". Jero no responde, mira a un costado y al otro como si hubiera alguien más a quien le dirigieran la palabra. La muchacha insiste, vociferando algo en hebreo. Jero se da por aludido finalmente y responde a los gritos cualquier verdura sin idioma. La chica lo mira, cara de culo y se va.


tailandia viajeros


A un costado estoy yo, que descostillado de risa le digo a Jero "Pensaron que sos israelí, por tu nariz"(amigos de la colectividad judía no confundan uso de estereotipos con xenofobia por favor). A Jero no le gusta. Agarra su moto y me encara cual Lorenzo Lamas y dice, "Callate boludo que te la doy". Me rio inclusive más. Jero avanza determinado a embestir mi moto con la suya. Se acerca. No me muevo. Se sigue acercando, con la idea de frenar antes, claro. Avanza y cuando está a menos de un metro tira el freno, con la santa mala suerte que al mismo tiempo muñequea y acelera la moto... krak. Las motos embisten. Qué imbéciles. Muchas risas, propias y ajenas de los transeúntes que miran como dos turistas imbéciles se chocan entre sí con motos.
Resultado: la óptica de la moto de Jero totalmente descajetada de la moto y mucha risa; ojalá no se den cuenta los del alquiler.

Seguimos cual renegados del camino con nuestras motos (scooters automáticos en realidad, pero vamos a llamarlas motos) y decidimos hacer la primera aventura. Salimos de la ruta y nos mandamos por una calle de tierra hecha polvo, empezamos a subir la montaña, se pone muy tupido el tema. Seguimos porque somos muy Lorenzo Lamas en nuestras motos. Muy bobos en realidad.
Subimos a una montañita y llegamos a un lugar realmente lindo, con una vista a todo el valle, a nuestros pies todo el pueblo, sacamos fotos y nos sentimos exploradores descubriendo el nuevo mundo.

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Ustedes se preguntan por qué recalqué lo de muy bobos antes de esto. Claro. Lo que pasa es que subir la montaña por caminos de polvo (no es lo mismo que caminos de tierra) se mueve, pero la piloteás. El tema es bajar. Empezamos a bajar y se puso espesísimo el tema, en el polvo las ruedas de la moto patinan y se te mueve todo. Quilombo. Pasa Jero con destreza y talento, supera los obstáculos y llega. Atrás vengo yo (motociclista sin talento si los hay), tardo pero voy, estoy llegando. Promediando la última curva, ya quizás sintiéndome a gusto, decidí agarrar un poco más de velocidad. Me embalé, tomé velocidad y la bajada termina con una curva hacia la derecha (easy right, para los entendidos), comienza la maniobra y el polvo entorpece la rueda, se intenta doblar pero no. La rueda no responde, solo patina. Aaaaaayy me voy a la zanja. La moto no dobla, así que hay una sola opción, una palomita cual ratón Ayala y al piso. Cae la moto, caigo yo.
Abajo mira Jero, que también se cae, pero de la risa. Hoy, no nos llevamos bien con las motitos.

Seguimos recorriendo y el mapita que nos prestaron obviamente indica las atracciones turísticas, allá vamos. Una cascada y alguna otra cosa, bastante aburrido. Vamos a desafiarnos otra vez, pero por calles de asfalto claro está. Decidimos salir del paso turístico y meternos un poco por "adentro". Y así como todo lo que no se planea, termina por salir mejor.

Anduvimos un rato, dejando un poco que las cosas nos pasen. El camino indicaba al mapa y no al revés; así nos perdimos sabiendo perfectamente dónde estábamos. La ruta se fue angostando mientras el pavimento se arrugaba y se mezclaba con la tierrita. Dejamos atrás carteles en inglés y desapareció el alfabeto occidental. La ropa que colgaba de las casas ya no estaba a la venta, buscaba el mejor sol para secarse, sin esconder sus agujeros ni el paso del tiempo. Nos metimos un poco más. No podíamos parar, el lugar nos estaba ganando de a poquito… ¿y el mapa? ya era casi anecdótico, esto ya era tierra de arroceros y no de turistas. La gente comenzó a observarnos y reir, gente que no te ve como un Banelco caminante sino uno de esos tipos medio raros que de vez en cuando pasan por acá y tratan de hablar. No tardaron en aparecer templos que no tenían cartel de “Donations”, los perros amos de la calle y los abuelos que se sientan en la vereda esperando vaya uno a saber qué.

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Los campos de arroz fueron cobrando importancia y la luz de la tardecita, esa de un rato antes de que anochezca, esa que ya entra de costado; le daban al escenario una magia muy particular. Anduvimos y empezamos a bajar la velocidad, no venia nadie, nos dábamos el lujo de ser los dueños de la ruta. Vamos lento, mirando el paisaje y entendiendo cómo es que realmente vive esta gente.

En una de esas pasamos por uno de los tantos campos de arroz, donde un grupo de señoras tailandesas trabajaban la tierra. Esta vez estaban realmente cerca así que decidimos bajar de la ruta y ver qué es lo que hacen tantas horas ahí agachadas. Caminamos un poco entre los lomos de tierra que separan los arrozales, disfrutando del color que toman, un verde… violento, furioso sin embargo bastante clarito.
Enperifolladas de pies a cabeza en su ropa de laburo, encontramos al grupo de señoras que seguían trabajando sin percatarse de nuestra cercanía. Fuimos viendo la vestimenta, se tapan todo el cuerpo con telas para que no las mate el sol. Pantalones largos y camperitas livianitas. En algunos casos inclusive guantes. Protegían todo lo que está arriba de los hombros con anchos sombreros de paja y pañuelos de seda que chorreaban debajo de los mismos.

Llegamos, saludamos en Thai, y ya se empezaron a reír. Tratamos de comunicarnos de una y mil formas, pero lo único que sacamos fueron risas. Realmente nunca supimos bien qué es lo que hacían pero todos los que estábamos ahí terminamos riéndonos, en una de esas Jero le cambia el sombrero a una señora por el casco de la moto y el resto de las muchachas explotaron en risas.
Ellas nos hablaban en tailandés y nosotros lucíamos nuestro inglés. Conversación inerte sin dudas. Miraban, comentaban algo entre ellas y reían. Nosotros no sabíamos bien qué hacer pero ya sus risas nos tentaban, mucho. Reíamos y así compartimos un rato, sin entender mucho que es lo que pasaba o qué era lo que hacía gracia, la risa es muy contagiosa más allá del idioma.

Nos fuimos alejando, ya el sol había decidió esconderse detrás de las montañas, azotaba la fresca y estábamos lejos de casa. Emprendimos retirada ya con un poco de frio pero sintiéndonos contentos, con esa abrigada sensación de haber finalmente encontrado por primera vez algo auténtico, algo que no está preparado para los turistas, el verdadero sudeste asiático. Este sería el primero de muchos encuentros, y quizás por ser el antecesor de todos, el más grato.

 

 



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