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JUAN FORNIELES



Nació y vive en Buenos Aires.
Lic. en Marketing de profesión; cocinero y viajero de alma. Escribe para no olvidar, para seguir viajando aún estando de vuelta.

fornielesjuan@hotmail.com
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Juan Fornieles


"Ay ¿dónde estoy? " - por Juan Fornieles -

(Nota sobre Kuala Lumpur - Malasia)

Bajamos del avión después de 23 horas de vuelo. Dormí en posición fetal las últimas 7 y mi columna quedó retorcida cual trapo recién escurrido; ya no siento los dedos del pie. En casa está por caer la noche, a pesar de que acá recién amanece.

No me importa.

Del otro lado de esas puertas corredizas está Kuala Lumpur, está Asia. Ese lugar que hace meses me desvela. “¿No te das cuenta? Es Asia, estamos en Asia!!” me dice Jero mientras salimos de migraciones.  Me cuesta creer que llegamos. Es una sensación de  nervios y alegría difícil de olvidar. Estamos del otro lado del mundo y cargo con meses de ansiedad acumulada. Se siente un vértigo imposible de explicar, quiero salir y comerme el continente de a mordiscos, no hay jetlag que me frene.

Salimos del aeropuerto en un bus hacia la ciudad. La autopista era moderna, los buses coloridos y los carteles nos anunciaban muchos lugares que no conocíamos ni entendíamos. Observamos en silencio. Las imágenes y los colores de la publicidad explotaban, desentonando con lo que estamos acostumbrados. Las casas, barrios y autos no eran tan distintos, sólo un poco más modernos y prolijos. Nos fuimos metiendo dentro de la ciudad de a poco, por autopistas que franqueaban áreas suburbanas llenas de verde, jardines selváticos y casas prefabricadas. Fuimos encarando para el centro y ya desde muy lejos pudimos ver la ciudad con sus rascacielos que emergían cual estalagmitas de hormigón y vidrio. Destacaban las tan famosas Torres Petronas, brillando imponentes con el primer sol que entraba de costado. Atentos al mapa y las indicaciones de la guía perdimos un poco de vista el paisaje pre-urbano, no vaya ser cosa de que nos perdamos el primer día. Ya dentro de la ciudad perdimos toda noción y capacidad de observar, más preocupados por acosar al conductor del bus para que nos avisara para bajarnos en Bukit Bintang, nos sabíamos cerca.

kuala lumpur

Con una señal inequívoca el chofer se deshizo de dos turistas pesados, nosotros, que finalmente llegamos a destino. Nos bajamos en Bukit Bintang, corazón comercial, turístico y urbano de Kuala Lumpur donde no bastaron más que unos pocos segundos para que una serie de cachetazos en forma de imágenes, olores, sabores y sonidos nos sacudieran.

Ese golpazo, ese mazazo que es encontrarse con una metrópolis asiática nos llegó, todo junto y de golpe. Sin avisar.

Fue como bajarse en el medio de un huracán de personas. Iban y venían ininterrumpidamente, mientras parecían darnos vueltas alrededor. Había mucha gente, mucha. Nos pasaban de un lado y del otro, por arriba también (literalmente dado que nos sorprendió el tren monorriel pasando por encima de nuestras cabezas). El bullicio urbano era estruendoso y constante, un sonido monótono de altos decibeles que no venía de los autos, motos o buses que pasasen sino de las miles de voces de personas que se entremezclaban con publicidades en televisores gigantes por todos lados. Bla bla bla, chan chan, jingle y estruendo. El gran grito que no podíamos entender.

Nos quedamos medio petrificados, mirando para todos lados, con muy poca capacidad de reacción. Miramos a todos los costados, arriba y abajo. Para ver el cielo había que hacer un esfuerzo entre las paredes de dos shoppings que nos flanqueaban y se nos caían encima, todos cubiertos de publicidad movediza que gritaba con un ritmo voraz.  Vummm pasó el tren por encima de nosotros otra vez. “¿Boludo, te das cuenta dónde estamos?” atina a decir Jero. No le respondo, los dos miramos hacia todos lados un par de segundos más, nos reencontremos y sólo alcanzo a decir “Esto es una locura”, mientras mi cabeza se mueve diciendo que no y muerdo mi labio inferior.

Ahí nos parábamos, minúsculos, estos dos argentinitos recién salidos del horno, en medio de un caos multi-cultural, frenético y lleno de neón. 

Nos recomponemos del cachetazo y tratamos de ver la guía para orientarnos un poco pero la atención se nos escapa inintencionadamente hacia lo que nos rodea. Pasaba por ejemplo una señora de origen hindú, emperifollada con sus coloridas vestimentas típicas y el característico “tercer ojo” en su frente. Algo que nunca había visto. O quizás un grupo de chicas adolescentes con su cabeza tapada por el típico turbante musulmán. Comenzamos la caminata lenta y dubitativamente; vamos en silencio un poco sobrepasados por el entorno. Miramos como si estuviéramos perdidos, todo llama la atención. Un movedizo muñequito verde nos indica cruzar la calle mientras una luz tintineante grita “lintas, lintas”; cálculo que querrá decir que nos apuremos.

kuala lumpur

Al otro lado de la calle vemos el cartel que veníamos buscando, un cartel de Mc Donalds detrás del cual estaba nuestro hospedaje. No exagero, está verdaderamente detrás. Eso nos lleva a ver que las fachadas de los edificios en esta esquina están cubiertos por carteles, no se ve ventana o civilización, solo un Ronald Mc Donald gigantesco, una gran botella de Coca Cola y alguna otra cosa más.

Huele a algo, ninguno puede descular lo que es, o de dónde viene por tal caso. Huele a comida por momentos, en otros a chivo y a veces también a sucio. Es muy raro. Al terminar de cruzar la calle nos vemos abordados por varios gritos, desparejos, estridentes y un poco invasivos de unas buenas señoras ofreciéndonos  “Massaaaage”. Miramos y devolvemos un cordial “No, thank you” a las señoras que parecen ofrecer sus servicios casi automáticamente. Esto parece empeorar la cosa, se nos acercan unas mujeres de lo más insistentes y acompañan nuestro caminar por metros comentándonos que nos hacen un buen precio y que son el masaje “original” al mismo tiempo que nos ofrecen unos 25 distintos tipos de masaje que nombran de modo uniforme y casi sincrónico. Seguimos respondiendo que no y sonriendo hasta que nos percatamos que ignorar es lo mejor.

Nos agobia un poco la situación, tanto ruido, tanta gente, los colores y las tecnologías. Todo muy nuevo para nosotros. Pero ya estamos en la puerta del hostel, y podemos descomprimir. Mientras tomamos un descanso antes de subir la escalera a través de la minúscula puerta del hostel miramos afuera, miramos el caos ya un poco desde fuera. De repente una sonrisa se le cuela a Jero, entiendo lo que quiere decir. Llegamos, estamos en Asia. De repente y medio sin pensarlo el agobio que nos produjeron nuestros primeros 50 metros asiáticos se desvanece. Sonreímos y miramos el caos como si fuera nuestro, como si fuera una obra que acabamos de crear. Lo logramos, estamos en Asia. Llegamos. La alegría que siento creo que no la podría explicar.

 



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