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julieta

JULIETA



Soñadora cínica, sin interruptores para amar.
Segrego fumarolas de placer y de suicidio. Tengo una lengua ambivalente que fabrica pensamientos insanos. Mis creencias pueden desquiciar miradas.
Nací amante de utopías y enemiga de los necios. No conozco el equilibrio y acabo de perder el miedo a las alturas.


julietadali@hotmail.com
blogspothistoriasdeambulante.blogspot.com


¨Real de Catorce, zona peyote¨ - por Julieta.

(Nota sobre México)

Hace muchos años en algún libro supe del peyote, esa planta que hasta ayer no sabía describir y que llena de ignorancia llegué a comparar con el jengibre. No existe en mi historia experiencia previa con alucinógenos, salvo aquella ocasión en la que alguien me compartió un cigarro mágico y pude ver mis piernas alargarse y luego ser estrelladas en un parabrisas. Creo que eso no cuenta porque fue involuntario, simple broma de un ocioso. Normalmente soy más temerosa de lo que muchos creen con este tipo de cosas. De cualquier forma el peyote llamó sobremanera mi atención por el simple hecho de ser algo tan venerado por los huicholes, y a mí esas cosas de otros dioses me interesan.

Llegar a Real de Catorce no fue cosa fácil. 15 horas en autobús de Chihuahua a San Luis Potosí (donde me encontré con Samuel, un suizo de 2 metros con quien compartí este viaje), una espera de 40 minutos en la terminal, luego 2 horas y media de San Luis Potosí a Matehuala, 5 minutos más de espera para conectar con otro bus y por último 2 horas (gran parte del tramo empedrado) hasta el túnel de Ogarrio donde hubo que hacer cambio de transporte a otro más pequeño para atravesar aquel hoyo en el cerro y llegar por fin a este pueblo mágico.

mexico real de catorce

En el camión que tomé en Matehuala conocí a ¨El Mezclillas¨, un tipo con dientes de plata, enormes anillos y ostentosas cadenas que iba sentado atrás de mí. Me dijo con una mirada ensayada y penetrante que sabía lo que yo buscaba: un chamán y peyote. Yo le dije que no. Él dijo que veía a través de los deseos de las personas. Yo creo que ve más bien a través de los bolsillos. Me mostró una revista y un libro donde se cuenta su propia historia. Es un curandero tratador del peyote. Mientras yo leía las publicaciones, el hombre se me acercó al oído y me dijo que tenía 100 años. Puse cara de sorpresa y confirmó que su juvenil aspecto se debía a que cada que cura a alguien le roba un poco de energía. Yo en la revista leí que tiene 65 años. Luego me enteraría que ¨El Mezclillas¨ cura gente por sugestión, es decir, la gente le tiene fe y sin saberlo ella misma se sana. También supe que es mitómano y que su vanidad rebasa varios límites.

Una vez que llegamos a Real, mi primera impresión fue que en este sitio el tiempo se detuvo, pero ahora lo corrijo: el tiempo ha pasado demasiado. Las edificaciones son en varias zonas prácticamente ruinas, el ambiente desértico y el polvo le dan un aire de fantasma seco, y su gente que aparece en ciertas horas y desaparece de repente (al menos entre semana) lo resalta.

mexico real de catorce

Buscando de inmediato hospedaje nos dejamos embaucar por un tal Chon que prometió un cuarto muy económico. Hubo que caminar ocho calles en línea recta y bajar dos más (todas empedradas y resbaladizas) para llegar a un par de habitaciones llamadas Posada La Misión a las que poco les falta para ser establo, pero por $60 pesos (4 dólares aprox.) por noche no se puede exigir mucho. Había decenas de moscas, hormigas, un inodoro en donde jamás me atreví a sentarme, almohadas hechas trizas, cobijas con olor a pies sudados y tierra en un piso que no se barría desde el bicentenario. Chon dijo que era tierra santa. Luego encontraríamos hasta un alacrán a un lado de la cama.

A pesar de todo, Samuel y yo decidimos que apenas usaríamos el cuarto, y que no encontraríamos algo más módico (creo que ni en dinero ni en apariencia). Nos instalamos y salimos a cenar tacos dorados de pollo con salsa roja por $30 pesos. Luego caminamos hasta un bar donde conocimos a Arturo, un joven catorceño con una excelente fluidez y propiedad en el hablar que nos dio algunas recomendaciones. Nos contó de su experiencia con el peyote y de las cosas que esta planta ha causado en algunos… o más bien de la torpeza de unos cuantos al consumirla. Por ejemplo, el caso de un par de capitalinos menores de edad que vinieron el año pasado, se internaron en el desierto y al parecer comieron de modo irresponsable cantidades exorbitantes del cactus, de manera que en su enorme alucinar él la vio a ella con apariencia de demonio y la mató. Otros más, según Arturo, sobre todo hippies mezclan el efecto con drogas químicas y han quedado como coloquialmente decimos ¨en el viaje¨. - El peyote es algo sagrado, para respetarse y venerarse, con él no se juega - aclaran los huicholes. Arturo mencionó que varios turistas, sobre todo europeos, vienen exclusivamente a comer peyote. Samuel respondió con tono alarmado y hasta un tanto ofendido que él ni siquiera conocía el nombre de la planta, que si vino fue por conocer más de la cultura mexicana. Yo acepté que sí vine para probarlo, pero no de manera inconsciente y alocada, sino con el debido respeto.

mexico real de catorce

A la mañana siguiente salimos sin hacer planes. Desayunamos gorditas de masa con yogurt, coca cola y champurrado. Caminamos luego hasta una esquina donde conocimos a Gerino y a Chuy que nos ofrecieron (y aceptamos) un paseo a caballo hasta un pueblo abandonado. El recorrido duró casi dos horas por un camino a veces demasiado estrecho que nos causó sustos de vez en cuando. – No se preocupe señorita, el caballo es inteligente, va a pisar con cuidado para no caerse – decía Gerino cuando yo jalaba desesperada las riendas del animal a plena orilla del precipicio. Traté de confiar en aquel hombre y contener el miedo, pero hubo un momento en el que mi caballo peleó con el de Samuel por llevar la delantera, y estoy segura sin exagerar que faltaron pocos centímetros para que ambos cayeran por el profundo barranco... con nosotros encima por supuesto. ¡Pinches caballos!

De regreso en Real nos comimos unas pésimas enchiladas potosinas en un puesto callejero. Samuel ya tenía cara de querer comer algo decente, pero nos habíamos propuesto un plan austero, ni modo. Ahí sentados comiendo lechuga con moscas conocimos a Rubén Darío, hermano de Arturo (el del bar). Comentamos con él sobre un posible paseo para probar peyote. Rubén sugirió llevarnos en transporte público tomando 3 autobuses y caminando 40 minutos por el desierto, debiendo salir de Real muy temprano. Samuel dudó un poco pero al final dijimos que sí y acordamos vernos a las 7 de la mañana en nuestra posada. Ese mismo día en la tarde-noche volvimos a cabalgar, esta vez en dos caballos muy mansos. Uno sabía que tenía que dirigir y el otro reconocía abiertamente tal liderazgo. Fueron dos horas de ascenso por valles hermosos hasta llegar al Cerro del Quemado, un sitio sagrado para los huicholes. Casi en la cima encontramos un círculo de energía al que ingresé con toda cautela y respeto y en donde traté de meditar, pero Samuel que seguro no cree en estas cosas no dejaba de tomar fotos, así que mi entrega hacia estos Dioses quedó en mero intento.

mexico real de catorce

Después de varias fotos descendimos aquel cerro y los valles con tramos a trote. El clima, el paisaje, los caballos y la plática de Chuy fueron dignos de un buen homenaje. Nuevamente en Real Chuy nos ofreció para el día siguiente un paseo a caballo de todo el día para bajar al desierto, visitar el pueblo de Catorce, conocer la Estación Catorce, recorrer las ruinas de una mina y por supuesto, la experiencia maravillosa de comer peyote. El precio era alto, y además ya habíamos quedado con Rubén Darío para irnos en transporte. Chuy entonces propuso llevarnos a su pueblo natal caminando por una hora entre los cerros. Ahí, afirmó, se encontraba el peyote alrededor de las casas, y podíamos pagar lo que quisiéramos. Sonaba tentador, pero Samuel mostró cierta desconfianza. Le agradecimos pero no aceptamos. De cualquier manera nos dejó pensando en otras posibilidades y ya muy entrada la noche nos fuimos con Arturo y contactamos a su hermano para cancelar la travesía. Y es que haciendo cuentas nos gastaríamos cada uno casi $300 pesos en ir y venir caminando, mientras que un Jeep nos cobraba $600 por llevarnos a más sitios y en la comodidad de un auto.

mexico real de catorce

Esa noche cenamos en el Mesón de la Abundancia, un hotel-restaurante propiedad de un suizo (claro, la decisión fue de Samuel). Con todo y que pedí una ensalada de frutas y un té extravagante para purificarme, la cena me causó una tremenda diarrea y un dolor de estómago amenazante. Dormimos muy poco, yo por mi dolor, Samuel por ocioso. Tal vez por eso nos despertamos hasta pasadas las 10 de la mañana con dudas sobre hacer el paseo para comer aquella planta o deambular por el cementerio y otras callecillas del poblado. Convencí a Samuel de tomar la primera opción persuadiéndolo sobre la importancia y el misticismo de semejante cactus. Contactamos así un Jeep, negociamos hasta bajar el precio a $500 pesos por ambos con 4 puntos a visitar y tiempo libre. Aclaro, para evitar la confusión, que en la región hay 3 poblados que llevan el nombre de Catorce: Real de Catorce el pueblo mágico (donde nos hospedamos), Catorce el poblado de los aguacates, y Estación Catorce donde se tomaba el tren. Preparándonos para el viaje fuimos a conseguir naranjas para compensar el sabor amargo que nos causaría la planta (recomendado por Arturo) y mucha agua. Ayunamos como se recomienda en estos casos, con lo que a las 2 de la tarde no habíamos probado aún bocado.

Margarito, chofer del viejo y destartalado Jeep nos dio escasas recomendaciones. Se refería al peyote con un poco de recelo y confesó que jamás lo había probado, salvo en una ceremonia huichol donde no se permiten los desaires, pero nada más se comió un gajo.

El primer punto en nuestro paseo fue Catorce con quizá un centenar de árboles de aguacate. Dicen los catorceños que cuando es tiempo, se compran una bolsa de bolillos y se sientan sobre esos enormes troncos a comer deliciosas tortas de aguacate con todo y cáscara. El segundo lugar visitado fue la Estación Catorce donde sólo pudimos apreciar una estación de tren abandonada a la que tomé algunas fotos.

mexico peyote

Después vino la odisea de adentrarse en el desierto con sus remolinos de arena y labios resecos, cabello cenizo y manos escaldadas. Encontramos en medio de todo ese ambiente un sembradío de alfalfa donde había en un extremo un árbol muy holgado. Ahí empezó la caminata.

Anduvimos unos diez minutos dispersos cuando de pronto a lo lejos vimos las manos de Margarito moverse en señal de apuro. Corrimos y vimos a nuestros pies, debajo de una planta que le llaman gobernadora, tres tiernos, famosos y codiciados peyotes. Yo había sido instruida por Arturo para ofrendar al que encontráramos primero con un poco de agua, hacerle alrededor un círculo y pedir permiso a los Dioses para encontrar otro y comerlo. Arrojé un poco de agua en los tres y Margarito arrancó uno. Eran muy pequeños, si acaso de unos 5 centímetros de diámetro.

Quizá mostramos una ligera decepción porque entonces Margaro caminó otro trecho más y encontró una familia del cactus con mejor tamaño. Le arrojamos agua, agradecimos y ahí cortamos otros dos.

mexico peyote

Nos encaminamos victoriosos al árbol de enorme sombra. Sentados entre el pasto pelamos las naranjas, lavamos los peyotes y empezamos el ritual a ciegas. Luego me enteraría de cosas básicas que omitimos por mera ignorancia, como que el peyote ha de comerse poco a poco, despacio y con conciencia. Se debe masticar y almacenar, como se hace con la planta de coca, en un costado de la boca para continuar extrayendo sus jugos con abundante saliva por varios minutos. De eso depende el efecto.

Samuel se comió uno, yo otro. El tercero lo dejamos por si acaso. Agradecí haber llevado naranjas porque el sabor del peyote es verdaderamente amargo. Margaro nos veía sereno mientras hablábamos de política. Yo saqué mi charla de izquierda y Samuel rió al resaltar que yo creo en muy pocas cosas. Me hizo pensar que debo sonar amargada cuando hablo de estos temas del gobierno.

Entre opiniones, risas y ratos de silencio nos dimos cuenta que a la media hora seguíamos intactos, es decir, sin ningún efecto. Fue cuando Margaro sugirió que nos comiéramos el tercero, pero ya no había naranjas. Hice pues de tripas corazón y me comí tres cuartas partes masticando con sumo desagrado, tomando mucha agua en algunos momentos para pasar trozos grandes, casi como si se tratase de enormes píldoras. ¡Que se encargaran los jugos gástricos luego! Samuel se comió el resto.

mexico peyote

A los 10 minutos aburridos decidimos continuar el viaje hacia una mina en ruinas que fue explotada en tiempos de la conquista española. En el camino yo me iba durmiendo, pero me despertaban invasiones de saliva ácida que prometían un abundante vómito. No fueron en vano. A cierta distancia entre mi mucha somnolencia recuerdo que le dije a Margarito: creo que voy a vomitar. Él tranquilamente orilló el Jeep y me abrió la puerta. Bajé, busqué un buen hueco en la tierra y tras escupir un poco de baba amarillenta sentí cómo mi estómago arrojaba todo como en catapulta. Me arrepentí de haber tragado trozos tan grandes de peyote, porque su expulsión de regreso era casi como asfixia. El pelo me pegaba en la cara con el viento y lo salpiqué de restos verdosos. Cuando ya no había más espasmos me acerqué al Jeep con los ojos lagrimeados, la cara empolvada, la boca aún escurriendo saliva y el pelo enmarañado. Pedí un poco de papel. No había. A cambio Samuel me regaló su botella de agua calentada por el sol. Me enjuagué el cabello, las manos y la cara. Subí otra vez al Jeep y le dije a Margarito: ¡tanto gasto y vuelta y ayuno para que el peyote terminara de este modo! Margarito no paraba de reír. – Son cosas que pasan -.

En las ruinas bajamos a tomar fotos. Yo me sentía debilitada, como si me hubiera arrollado un camión. Tenía un sueño incontrolable que en momentos se convertía en desvarío. Samuel por su parte parecía más suelto, desinhibido. En cierto momento recuerdo que nos dio un ataque de risa. Nos sentíamos estúpidos ante la fracasada intención de alucinar.

mexico peyote

Poco a poco me fui sintiendo más ausente, la sensación que da estar intoxicada. Finalizó el paseo y nos fuimos a la anhelada posada a descansar un rato. Apenas entramos al cuarto nos dejamos caer rendidos cada cual en su cama. Hablábamos tonterías y reíamos como locos, sobre todo porque Samuel confesó que en el Jeep él también quería vomitar pero se resistió por la pena que le dio verme a mi tan descompuesta.

El resto de la tarde un efecto de ligera locura nos envolvió el cerebro. Con todo, decidimos salir a caminar. Anduvimos varias calles hasta llegar al cementerio, tomamos fotos. En un momento dado vi a Samuel trepar repentinamente una barda del panteón y supuse que nuestro alucine a medias seguiría causando estragos.

Luego deambulamos otro tanto, vimos un atardecer maravilloso, comimos pan dulce y nos encontramos a Chuy (el del paseo a caballo) a quien le contamos la anécdota. Él presumió que a caballo eso no habría pasado, yo le dije que justamente agradecía no haber venido montada en un animal y vomitando.

mexico peyote

En la noche el efecto del peyote seguía en nuestras mentes. Samuel me invitó una abundante cena en aquel restaurante suizo: una pizza Napoli, una ensalada verde, una jarra de limonada y quesitos con salsa. En la mesa, otra vez, nos daban repentinos ataques de risa que yo trataba de controlar, porque justamente en ese lugar pedí trabajo y si me han visto en esas condiciones las probabilidades de negármelo eran seguras.

Después de la cena nos fuimos al bar con Arturo a contarle nuestras odiseas. Él y un amigo que tenía de visita en la barra no paraban de reír. Resistimos la pena, después de todo y como dijo Arturo, ¨aguantamos el golpe¨ del peyote. Nos despedimos y nos lanzamos a nuestra última noche en aquella posada-establo. No podíamos dormir, había decenas de moscas merodeando nuestras caras, mucha más tierra en el piso de la que había antes, y esa sensación de locura que no nos dejaba en paz. De cualquier modo apagamos las luces para vencer los ojos.

Yo, que de por si cargo nostalgia en este viaje, tuve unas horas de angustia y tristeza en la obscuridad. Samuel me contó por la mañana que él por su parte tuvo ganas de salir a correr. Sintió mucha energía en el cuerpo y desde las 2 de la mañana no pegó más los ojos hasta las 6:30 que era su hora de marcharse. Hasta sugirió que de continuar con esa sensación iría al médico porque no se imagina pasar más noches sin dormir. Yo le recomendé tomar mucha agua y tratar de descansar. Esta mañana tomó su autobús de regreso a Guadalajara donde estudia de intercambio desde hace casi un año. En estos momentos ha de ir en el transporte con los ojos de tecolote, riendo de pronto por la nada, pensando que una escueta mexicana lo sonsacó a vivir un episodio alucinógeno y que no tuvo fuerzas para negarse. Después de despedirlo arreglé mis maletas, dejé el cuarto-establo con las llaves y 10 pesos en la mesa y la puerta entrecerrada porque Chon parecía estar dormido.

Caminé varias calles con mis dos mochilas gigantes a cuestas hasta encontrar el hotel en el que estoy ahora, que comparado con mi hospedaje de antes, resulta toda una suite presidencial. Hay una mesita esquinera que está siendo usada para escribir, una cama confortable, dos almohadas enteras y un sanitario receptor de mis residuos de peyote totalmente negros.

Decidí enclaustrarme aquí por los siguientes dos días. Para estos fines hace unos momentos me compré dos kilos de frutas varias y 6 litros de agua. Ya no hay más secuelas del peyote, sólo tengo dolores musculares por montar tantas horas a caballo sin previa experiencia. La ingle no responde y las piernas se doblan, más al andar sobre las puntiagudas piedras de las calles.

Como inauguración de mi alejamiento voluntario del resto del mundo en este cuarto, he jurado a los Dioses de los huicholes, al desierto, a Real de Catorce, a las ruinas, a las almas perdidas y a los condenados, que jamás en la historia de mis días volveré a comer peyote. La planta sagrada queda para mí como algo totalmente respetable que quiero sepultar en el olvido para dejar esta sensación de seguir vomitando. ¡Ay del sacrificio de mi adorado anillo boliviano!

Epílogo (6 meses después): releyendo el texto, he de decir que mis intenciones ahora son regresar a Real de Catorce, contactar a un chamán y pedirle permiso para formar parte de una ceremonia Huichol, y vivir la experiencia del peyote realmente como lo hacían los ancestros, como lo hacen ellos, como una puerta para comunicarse con la tierra, con las plantas mismas, con los dioses. Una verdadera epifanía.

 



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